• 10/06/2024
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Nuestros desarraigos

Nuestros desarraigos

Por Juan Carlos Bataller –

De pronto un hijo, un nieto, un amigo, se van del país.

La golondrina que anida en el alma de este país de migrantes decidió echar vuelo en busca de mejores climas.

Y es entonces cuando aparece una palabra que a veces suena atroz: desarraigo.

Mis cuatro abuelos, como tantos otros, vinieron a la Argentina cuando despuntaba el siglo.

Atrás, muy lejos, quedaban la niñez y la primera juventud.

Y aunque acá encontraron una patria que hicieron suya, estoy convencido que guardaron en sus pupilas algún asomo de melancolía.

Siempre sentí curiosidad por conocer las historias de quienes emigraron.

Inquirir sobre miedos y expectativas, sobre dolores y alegrías, sobre llegadas y partidas.

El desarraigo es una combinación de sentimientos encontrados.

Es una mezcla de angustias y esperanzas.

El ser humano, mis amigos, es un animal de pertenencias.  

Necesita estar, integrarse, pertenecer.

Su esencia se conforma a través de sus sentidos.

Por eso sólo se alza íntegramente sobre sus pies cuando se impregna con sabores, olores, paisajes, idiomas y códigos que por origen o adopción, considera propios.

Mis abuelos murieron antes que el bichito de la curiosidad por conocer sus historias se me metiera en el alma.

Hoy lo analizo a la distancia y advierto que ellos se reconstruyeron a si mismos. Pero a su vez, utilizaron gran parte de lo que traían en sus baúles.

Claro, eran otros tiempos.

El mundo no estaba globalizado.

Y cada casa, cada familia, era un pequeño mundo con sus comidas, su música, sus costumbres. No siempre coincidentes con los del país que los albergaba.

Mi padre contaba que él nació en la Argentina pero hasta los ocho años, cuando fue a la escuela, sólo hablaba valenciano. Y que el pastisé, los buñuelos, el arroz caldoso, la fideuá, la paella, la horchata y el ali oli que se comía a menudo en su casa, eran absolutamente desconocidos por sus compañeros italianos o libaneses.

Hoy, todo cambió. Hasta el concepto de desarraigo.

Gran parte de la humanidad –no toda- ha pasado a ser lo que se llaman «ciudadanos planetarios».

En cualquier rincón del planeta se conoce la pizza, los spaghetti, las hamburguesas, la coca cola, las papa fritas…

En casi todo el mundo andamos en autos, vestimos ropas, nos afeitamos, compramos computadoras, utilizamos celulares, cámaras de foto y relojes y hasta nos lavamos los dientes con pastas de las mismas marcas.

Hablar de desarraigo en un mundo donde las conexiones telefónicas son instantáneas, donde a través de la computadora podemos no sólo hablar sino también vernos con nuestros interlocutores, donde vemos en directo los mismos espectáculos y el satélite trae a nuestras casas el programa que está emitiendo la televisión de España, Venezuela, Alemania o Japón, parece una incongruencia.

Sin embargo, nunca hubo tanta gente que sufre de desarraigo.

Porque el desarraigo es un sentimiento de no-identificación con la sociedad en la que el sujeto está inscrito y una añoranza por aquélla en la que sí se sentía integrado.

En el mundo moderno, mis amigos, hay distintas formas de desarraigo.

Mucho se habla del desarraigo de los exiliados.

Pero, si miramos bien a nuestro lado también hay un grupo de personas que sufren este sentimiento sin ser exiliados.

> El sentimiento de soledad en el viejo que debe vivir en un geriátrico es un ejemplo de desarraigo.

> La pérdida de trabajo o de oportunidades por adultos que no pueden adaptarse a las nuevas tecnologías es otro ejemplo.

> Los cambios tan rápido en hábitos y costumbres nos hacen sentir ajenos a la sociedad que nos cobija.

> Los ojitos de los hijos de padres separados que volvieron a rehacer su vida también hablan de desarraigo

–no siempre, pero sí a veces- cuando descubren que ahora tienen dos familias pero a ninguna la sienten como aquella original,

Es cierto.

Todos hemos sufrido o vamos a sufrir algún tipo de desarraigo. Y el desarraigo de esta modernidad es mucho más brutal que aquel que vivieron nuestros abuelos inmigrantes.

Porque aquellos abuelos tenían la capacidad de reconstruirse, venían con un proyecto, sabían qué perdían y que ganaban.

Vivian en un mundo donde las cosas estaban hechas para que durasen, en sociedades con vocación hacia lo permanente

Los desarraigos de hoy no nacen de lejanías.

Nacen de la transitoriedad.

Las relaciones son frágiles, las ideas son coyunturales, las cosas no perduran, y los trabajos y las organizaciones son inestables.

La inocencia de la niñez, la permanencia integrada en el hogar paterno, los matrimonios, los trabajos, los conocimientos, todo es más breve.

Este estilo de vida abreviado, origina un sentimiento colectivo de desarraigo porque se vive sobre una base vacilante donde las relaciones del hombre con todas las cosas son cada vez más cortas.

Y es entonces cuando extrañamos aquellos tiempos cuando siendo niños nos sentíamos seguros en las rodillas del abuelo, sabíamos que nuestra madre estaría esperándonos con la leche al regresar de la escuela y pensábamos que el futuro pasaba por nuestra libreta de ahorro.

Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2101 del 8 de junio de 2024


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