• 27/03/2023
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Cuando fusilaron un retrato

Cuando fusilaron un retrato


Por Juan Carlos Bataller

No hay dudas que 1841 fue un año dramático para San Juan.

Primero, porque cientos de sus jóvenes fueron llevados por el general Benavides a la guerra con el ejército unitario. Y la mayoría murió en el campo de batalla.

Segundo, porque en una porción de su territorio, Angaco, se libró la más cruenta batalla que recuerde la historia de las guerras civiles argentinas, muriendo en pocas horas más de mil soldados.

Tercero, porque la capital fue invadida por el general Mariano Acha primero y el general Araoz de Lamadrid después.

Si los sanjuaninos iban a la guerra, la gente debía aportar no sólo sus hijos sino también su dinero, sus caballos, sus animales y armas.

Si, en cambio, los ejércitos invasores llegaban a San Juan, el panorama poco cambiaba: tomaban por la fuerza el dinero y los bienes de los pobladores, violaban a sus mujeres y mataban a quien se opusiera a ser despojado o simplemente los mirara mal.

No importa que fueran unitarios o federales, la población siempre llevaba las de perder.

Pero en este panorama aterrador, hubo una revolución —si así puede llamarse— que tuvo ribetes de comicidad.

El 27 de agosto del ‘41 el general Lamadrid deja San Juan tras haber permanecido cuatro días. Se lleva todo lo que pudo conseguir en dinero y efectos e incluso se apodera de la suegra, la esposa y los hijos del gobernador, general Nazario Benavides a los que toma de rehénes y parte a Mendoza, en persecución de éste que llevaba como prisioneros a su hijo de 19 años, el capitán Ciriaco de Lamadrid y al general Acha.

Pero antes de partir, deja al frente del gobierno a un coronel que había sido federal a las órdenes de Facundo Quiroga pero se había pasado a las filas unitarias. Anacleto Burgoa, se llamaba el hombre y era famoso por su ambición de mando, su ignorancia, su altanería y su absoluta falta de capacidad para gobernar.

Burgoa, como buen converso, odiaba a los federales por los que alguna vez luchó.

El primer hecho “importante” de su gobierno fue un anticipo de lo que vendría. Instigó a seis jóvenes fanatizados por la causa unitaria para que tomaran un gran retrato de Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires, que tenía Benavides en su despacho. Hizo que lo llevaran a la Plaza Mayor. Allí lo colocaron en forma vertical, sostenido por un palo. Luego vino la orden:

—¡Fuego!

Y el retrato fue fusilado, entre la risotada de los jóvenes.
Acto seguido, le prendieron fuego.

Fuente: Publicado en La Pericana, edición 340 del 25 de marzo de 2023

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