- 31/08/2026
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El día del niño


Hemos vuelto a festejar el Día del niño luego que la política nos llevara por extraños laberintos llamados “niñe” o “infancias”.
Enhorabuena. No todo debe ser manipulable.
A medida que vamos envejeciendo, la infancia se transforma en nuestro último refugio.
Dicen los que saben que ahí está la raíz de la memoria. Cuando los recuerdos se evaporan, el último bastión es la infancia.
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De pronto alguien dice que niñez fue la nuestra, cuando jugábamos y reíamos sin estar pendientes de un teléfono celular.
Me miro niño y veo que allí están las cosas que hoy nos faltan.
Tenía abuelos y padres y tíos que me protegían y la leche siempre tibia en el desayuno y una madre siempre en casa para atenderme y una inmensa imaginación como para transformar la vereda en un estadio de fútbol, la pelota hecha con medias en un balón profesional o un cajón con cuatro rulemanes en un auto de carrera.
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Sí, ese chico, yo, debe haber sido feliz.
Cómo no serlo si aunque nada tuviera, todo era mío.
No tenía auto ni cuenta en el banco ni casa que mantener ni usaba corbata.
No pensaba en la muerte ni en las enfermedades pues esas eran cosas que les pasaban a los viejos.
Sí, seguramente era feliz, aunque no supiera de los griegos ni de los romanos, no me interesara el nombre del presidente de la Nación ni me preguntara sobre el sentido de la vida.
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Pero no nos apuremos. No estemos tan seguros de que era absolutamente feliz.
La vida es inteligente y sólo guarda los recuerdos buenos.
Tal vez, si lo pienso, no fui tan feliz como lo recuerdo.
Los inviernos eran infinitamente más fríos y los veranos más calientes.
El San Juan de aquellos años era aun un inmenso baldío salpicado por casas.
Dos pantaloncitos cortos, algunos pares de media y unas zapatillas junto a dos o tres remeritas eran la única vestimenta.
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Pienso que aquel niño, yo, tenía una ventaja: Estaba estrenando la vida.
Pero soy consciente que si a un niño de hoy le propusiéramos esa vida, se pondría a llorar.
¿Quién aceptaría cambiar los juegos electrónicos, la televisión de alta definición, el teléfono celular y las vacaciones en la playa, por una pelota de trapo?
¿Alguien, en su sano juicio, creería que es mejor lucir los sabañones en las orejas que tener calefacción o aire acondicionado?
Ni hablar de que un chico de nuestros días aceptaría vestirse con aquella ropa que fue la nuestra.
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No podemos, no debemos, vivir en la nostalgia del pasado. Hay cosas que no se comparan.
Miremos sí, con nostalgia, los sueños que fueron quedando al borde de la vida, lo fantásticos que pretendimos ser y la realidad de cada uno.
Al final de cuentas, esto que hoy tenemos también será pasado.
El árbol se sostiene en sus raíces pero en su copa nacen las flores y anidan los pájaros.
El niño que una vez fui sale de ronda con sus nietos.
Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2207 del 29 de agosto de 2026

