• 22/06/2026
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República:¿Identidad o etiqueta?

República:¿Identidad o etiqueta?

Alejandra Domanico Escribe: Alejandra Dománico (*) –

A modo de preámbulo, cabe pedir sinceras disculpas a los politólogos y constitucionalistas por esta apretada síntesis sobre un tema trascendental; sin embargo, ante la irreverencia que se observa a nivel global, se cree que esta reflexión puede ser de utilidad.

​Dicho esto, cabe afirmar que la República no es un mero nombre: es «principios en práctica». Cuando Cicerón escribió De re publica (54-51 a. C.), dejó una definición de plena vigencia: la república (res publica) es la «cosa del pueblo». Pero aclaró que el pueblo no es cualquier multitud reunida de cualquier modo, sino una comunidad unida por el consenso del derecho y el interés común.

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​Para Cicerón, estos ejes no los define el gobernante de turno. Requieren del bien común, el imperio de la ley como aglutinante social y la concordia entre los diferentes sectores. La república existe cuando esos principios se cumplen en la realidad, no cuando simplemente se proclaman.

​El ideal sobrevivió a pesar de la llegada del Imperio. Fue el Renacimiento el que lo rescató, y las revoluciones de la Edad Moderna redefinieron el concepto de república agregando a los principios de Cicerón otros que consideraron elementales, los cuales continúan expandiéndose a medida que las sociedades fortalecen el respeto hacia los derechos individuales y humanos.

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Cómo base, la República  requiere “contar con una Constitución” que convierta los derechos ciudadanos en ley fundamental garantizando, entre algunos, estos principios:  la soberanía popular, la división y el equilibrio de poderes, la igualdad ante la ley, la periodicidad de los mandatos, la responsabilidad de los funcionarios y la publicidad de los actos de gobierno.

​¿Qué hace, entonces, que un Estado sea una República? Aunque no existe un tribunal u organización internacional que «certifique» la calidad republicana, esta se mide en la práctica, es decir, en la presencia real de estos principios en la vida de los ciudadanos.

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​No es extraordinario ver Estados que ostentan la palabra «República» en su nombre oficial mientras sus gobernantes suprimen elecciones libres, persiguen opositores, se perpetúan en sus cargos, censuran a la prensa, ocultan sus actos de gobierno y concentran el poder, por mencionar solo algunas acciones antirrepublicanas. Estos Estados son repúblicas solo en la etiqueta.

​La república no se decreta ni se nombra: se practica. Vive en la ley que limita al poderoso y en el funcionario que rinde cuentas. Pero, fundamentalmente, quienes verdaderamente le dan vida día a día son los ciudadanos que ejercen sus derechos, que no se resignan a ser habitantes pasivos y que exigen el respeto a su dignidad.

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​Para que esa exigencia ciudadana no sea malograda, se vuelve indispensable una Justicia independiente. Sin jueces libres que controlen eficazmente cualquier exceso del poder político, los pesos y contrapesos se rompen.

Cuando esos principios faltan, lo que queda es una palabra vacía. Y una etiqueta no es una república.

(*) Abogada, exjuez de Paz letrada, integrante de la comisión directiva de Conciencia San Juan

Fuente: Publicado en El Nuevo Diario, edición 2197 del 20 de junio de 2026

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