• 27/10/2025
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Meter el perro

Meter el perro

Gustavo Ruckschloss Escribe: Gustavo Ruckschloss –

Vi a Nicolás y avisé al vecino. Salió con cara de pocos amigos, mirando al infinito, con esa expresión que no se sabe si es cansancio o fastidio.

—Si hubieras demorado un poco más, lo podría haber pisado un auto —dijo—. Como no ve ni jota… así se hubiera dejado de molestar, porque me tiene podrido.

—Creí que lo querías.

—Todo el mundo dice que lo quiere —resopló—, pero el único que arregla lo que él rompe soy yo. Estoy cansado de ser el dueño cuando hay que llevarlo al veterinario, esperar con él en brazos dos horas. Pesa una tonelada y se mueve como un animal. Después, tenerlo entre las piernas, ponerle pomada en los ojos, aguantar sus quejas…

—Pero todo es Nicolás afuera y le ao vale la pena —dije—. Les gusta a los chicos, juegan mucho con él.

—Sí, sí. Es muy compinche con ellos. A todo el mundo le encanta, pero el único que labura por él soy yo. Qué lindo, qué lindo… pero ni bañarlo siquiera. Me tiene harto. No ve porque es veterano, como nosotros. Y lo único que ha hecho en su vida es romperme todo.

—¿Cuántas veces estuvo cerca de una perra?

—Que yo sepa, nunca. Ni sabría qué hacer, si pudiera hacer algo.

—¿Puedo comparar?

—Dale, pero no me salgas con una de las tuyas.

—Dijiste “viejo como nosotros”, y tan mal no te ves. Si hubieras estado de abstinencia toda la vida, sería mejor no ver a una mujer. Tal vez la poca visión lo favorece, pobre. Y si sabés más de él que el veterinario, es porque lo querés. Es el mejor, y compañero de los chicos, que saben que lo que rompe, vos lo arreglás. Supongo que si Nicolás pudiera ir solo a la clínica, serías menos importante para él y para los chicos. Pero así, sos el héroe: el que cura, el que repara. Si no, serías un padre como cualquier otro.

Se quedó callado un momento.
—La vida pone precio a todo —murmuró—. Todas esas alegrías cuestan lo suyo.

Asintió, mirando al perro que olfateaba el aire como si aún viera algo.
—Y pensá —agregué—, que llegar a viejo con el apoyo y afecto de los que no tienen achaques, no es poca cosa.

El vecino suspiró, medio sonriendo.


—¡Nicolás, vení para acá, que encima te tengo que estar agradecido!


Fuente: Publicado en La Pericana, edición 463 del 25 de ocbre de 2025

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