- 09/09/2026
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Scrollear certezas: ¿por qué ya no nos importa si algo es verdad?


Entre algoritmos, noticias no chequeadas y consumo masivo, las emociones rápidas le ganaron el pulso a la realidad. Bienvenidos a la era del «me suena creíble».
¿Recuerdan el día que anunciaron en un stream la muerte de Jorge Messi y no había sucedido? A quemarropa, una noticia como la muerte del padre del astro del futbol urgía decirla al aire por el valor de la primicia. Sin chequear la fuente, sin medir las consecuencias de lo que podría resultar una falsa noticia, deja al desnudo que el pescado podrido se vende igual.
Esta certeza del mercado tiene fecha de vencimiento. En un par de años se «descubrirán» los males de su exceso y aparecerá otro ingrediente estrella con una promesa superior. La verdad del consumo es efímera como una gota en la lluvia.
Vivimos en un presente de vínculos efímeros y pantallas encendidas. Todo pasa rápido, se consume en un destello digital y casi nada deja huella. En este ir y venir de dedos sobre el cristal del teléfono, no solo consumimos videos, ofertas o memes: también scrolleamos ideas, certezas y verdades. Pero en medio de este atracón de información, raras veces nos detenemos a hacernos una pregunta incómoda: de todo esto que damos por cierto ¿qué es realmente verdadero?
La relación entre lo que pensamos y la realidad ya no es directa. Hoy, antes de que una idea se instale en nuestra cabeza, pasa por la aduana de los intereses económicos, las modas del mercado y los algoritmos de las redes sociales. Lo inquietante es que creemos firmemente estar razonando con total libertad cuando, en realidad, fuimos moldeados para llegar exactamente a esa conclusión. Es una especie de ilusión que simula iluminarnos, pero que no es más que un destello prestado.

El fenómeno de las certezas descartables
Para entender cómo funciona este mecanismo en la vida diaria, basta con mirar lo que pasa en el supermercado. Casi de la noche a la mañana, la proteína animal se convirtió en la protagonista absoluta de la salud y la longevidad. Góndolas enteras nos prometen que, a mayor consumo, más y mejor viviremos. La amenaza implícita es aterradora: si no la consumes, estás condenado a enfermar.
Esta volatilidad nos obliga a revisar lo que damos por sentado. Mientras que los hechos científicos indiscutibles no admiten debate, en el terreno político y social la objetividad se evapora. Aquí entra en juego la posverdad: la primacía de la creencia y la emoción sobre la evidencia objetiva.
«Si aceptamos que todas las opiniones valen lo mismo y que cada uno tiene ‘su’ verdad, caemos en una trampa: si todo es verdad, entonces nada lo es”.
La posverdad consiente nuestro ego. Nos hace preferir aquello que confirma nuestros prejuicios. Si una publicación refuerza lo que ya sentimos, la damos por cierta sin verificar; si nos contradice, la etiquetamos inmediatamente como falsa o manipulada.
En la actualidad, ya no hace falta censurar ni ocultar información. Hemos desarrollado un mecanismo intelectual que despoja a los hechos de cualquier significado. Como sociedad, hemos decidido habituar una ficción cómoda antes que enfrentar certezas incómodas.
La verdad objetiva no es un dogma rígido, sino un ideal necesario. Cuestionar lo que vemos en las pantallas y exigir evidencias es la única herramienta crítica para no disolvernos en la corriente de la manipulación.
(*) Florencia Villar es abogada y está terminando su doctorado en Filosofía.
Fuente: Publicado en La Pericana, edición 504 del 5 de septiembre de 2026
