• 11/11/2024
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Buenas ondas

Buenas ondas

Gustavo Ruckschloss Por Gustavo Ruckschloss –

En muchas ocasiones, veo lo proclive que somos a criticar por criticar, sin proponer soluciones. Como por ejemplo esa vecina quien, después de verlo construir esforzadamente su casa, se arrima por primera vez a decirle: “Yo que usted no le hubiera puesto esa ventana tan chica”, y se va. ¡Dígame si no le dan ganas de estropearla! Nunca habló, cuando lo hizo, mejor que se hubiese callado.

No preguntó si podía, no se fijó si dañaría.

Tenía que decir lo que a ella le pujaba por salir. No dio lugar a la respuesta porque no sería favorable.

Fue negativa pero estúpida.

Otro ejemplo me lo dieron hace poco.

Alguien que no me veía hace años, después de casi ningún saludo, me dijo a boca de jarro: “¿Quién te ha dicho que lo que vos escribís gusta a la gente? No tenés que escribir con palabras comunes. La juventud ya está podrida, y si no usás palabras correctas y firmes, les das alas para que cada día sean peores”. Luego, me dijo chau y se fue. Espero que por otros muchos años.

Creo que estos dos ejemplos me alcanzan para hacer saber que me disgusta mucho la gente que lo único que hace es encontrar lo negativo que anda suelto. Entiendo que en la vida lo hay, pero también está lo bueno, lo optimista, lo posible. Por eso, lo que me indigesta no es tanto que enrostren aquello, sino que no propongan esto: la solución de lo que critican. Que no sumen algún positive a lo negativo que les chorrea por la boca. Si tan siquiera antes de largar sapos y culebras averiguaran, preguntaran o se informaran del tema, les ahorraría la mitad de las malas ondas. Debe ser por eso que no esperan la respuesta. Porque saben que la hay. Porque nadie hace lo que sea porque sí. Cada cual encara lo suyo con sus motivos y, si los explica, les rompe el esquema de imágenes negativas que ellos hicieron.

Entonces, huyen para no ser derrotados en su negra visión.


Siempre hay alguien cerca de uno que es así: la comadre, el jefe, el cuñado y, sobre todo, los funcionarios.

Menos mal que, por suerte, también hay personas que son nutritivas.

Que nos tiran ondas buenas y ven la parte feliz de la vida. La misma vida que el agorero mira del otro lado. Son las abuelas que limpian las zapatillas del barro en el que se metieron los chicos. O el maestro que estimula al niño, aunque le haya cortado con la tijera la cabeza al muñeco, y lo incita a hacer otro mejor. O aquel vecino que es el primero en colaborar con la unión vecinal, pese a no tener dónde caerse muerto. O la enfermera que, con sus propios dramas, reconforta a enfermos que tal vez son más sanos que ella.


Me alegra tanto que existan esas personas, que me gustaría aprender a ser una de ellas. Uno de esos seres que levantan paredes con las piedras que les tiran aquellos otros.

(Publicado en El Nuevo Diario del 17 de mayo de 1990)

Fuente: Publicado en La Pericana, edición del 10 de diciembre de 2024


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